Desde ese verano nipón a hoy nos hemos dejados los ojos a base de frotárnoslos incrédulos ante las exhibiciones de Pau, Navarro, Calderón, Reyes etcétera. La geración del ochenta y sus satélites anteriores y posteriores son un ejemplo de la excelencia en el los deportes colectivos, de cómo los límites suelen encontrarse a varios kilómetros de donde trazaríamos la línea si nos preguntaran por donde los situaríamos en una valoración objetiva de los mismos. Que el mayor de los Gasol sería bueno se veía desde junior, que sería el mejor de su generación lo hubieran asegurado menos, que triunfaría en la NBA muy pocos, pero que la prensa especializada americana lo incluyeran entre los diez mejores ala pívots de la historia, eso no creo que nadie lo soñara por mucho que le diera a las drogas recreativas para mejorar la calidad del sueño onírico.
No todos los júnior de oro alcanzaron el éxito. Algunos ni siquiera fueron profesionales o lo fueron en un segundo plano cuando no en ligas menores. Hubo incluso alguno con una carrera decente pero con serios problemas personales que no acabaron de la mejor manera. De entre los que si llegaron al top del baloncesto lo hicieron a distintos niveles; estrellas NBA o jugadores de rotación ACB. Como en la vida misma. No podía ser de otra forma.
Pero sí que estos chicos y sus aventajados discípulos (Chacho, Rubio, etc.) tienen algo que no se ve habitualmente en la vida: humildad, trabajo bien hecho, disciplina, ambición que no avaricia, inteligencia emocional (y de la otra no sé si más o menos importante), trabajo para y con el equipo (léase colectivo). En definitiva un montón de virtudes que son imprescindibles para ser mejor persona y ciudadano. No es necesario jugar un all star para que este ejemplo nos sea útil.
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